lunes, 9 de abril de 2012

He vuelto la planicie aquella desde la que te escribía cartas de amor imposible. Sentado en el cofre del coche, con ese corte melancólico que debí robarme de alguna película, empecé a ensartar las frases de lo que ahora escribo. La ciudad ya no era una carpa de circo, ni la joroba de un dromedario. Se había tornado, simplemente, en un despilfarro de luces y puentes absurdos. He querido escribirte, fiel a todas las promesas que no te hice, pero, los peros son mis conjunciones favoritas, en mi casa hay un reguero de cristales y telarañas que inevitablemente me llevan a especulaciones cósmicas. Por tal causa he regresado a este sitio, el que no es el punto más alto de aquí pero sí el más ancho, a buscar en el paisaje algo mío más allá de las arañas y los vidrios y me he encontrado con los ruidos de los camiones y una sucesión de lámparas. No he tenido valor para hablarte de eso.

Dejando eso de lado, del lado sin importancia por favor (de ese lado absurdo que tienen las cartas, el mismo que uno utiliza para colocar las nimiedades de la vida), quisiera preguntarte si es verdad que las Islas Canarias pertenecen a España. A veces pienso que sigues ahí, paseando por largas alamedas que llegan al mar. Y creo, entonces, que eres feliz y sonríes dentro de esa postal de la que me gustaría formar parte, como imagen, como retrato, como brisa marina o, en el peor de los casos, como palmera. Si tú pudieras verme a través de ella, estarías contenta, sabes, de ver que ya no insisto más en conservar mi bigote y que me he cortado el pelo, que, por fin, me he vuelto responsable con nuestras mascotas y que me he solidarizado con las causas sociales.

Próximamente habrá elecciones presidenciales y la gente anda tapizando las calles de publicidad y basura. Sabrás que la izquierda se irá a la mierda de nuevo. Sin embargo yo seguiré esperando que de pronto un buen día regreses y me invites a un platón en Reforma, en el Zócalo y el monumento a la Revolución. Yo, sobra decirlo, iré contigo hasta la ignominia si es necesario. Abrazos.

miércoles, 11 de enero de 2012

Según recuerda, nadie había terminado una relación con él de una forma tan definitiva y contundente. Unas habían argumentado confusiones, incertidumbres, miedo. Otras, menos cordiales, simplemente dejaron de buscarlo y cuando lo topaban en las calles o en los bares parecían mirar a un completo extraño. Una, incluso, cumplió con el protocolo de estirar la mano y sonreír (como quien desconoce magistralmente) cuando un amigo en común los presentó. Pero esas mujeres ya estaban muy lejos, en otras ciudades, en las pupilas de hombres que él suponía hambrientos. Ya no importaban. El recuerdo de ellas detonaba una sonrisa cínica y de victoria que se sostenía en una certeza: a todas las había amado. Pero-sin pero no hay narración- la última había sido diferente. Mientras cuenta esto presume que es probable que la próxima también sea diferente. Y así sucesivamente, suponiendo siempre que habrá otra próxima.

Quedaron de verse en un bar al que pocas veces iban. Un sitio cómodo, hogareño, tranquilo. Según su punto de vista se trataba de un lugar que invitaba a todo menos a la celebración. La decoración, la música, el tipo de bebidas y todo el ambiente le resultaban un poco ajenos. Sin embargo no había más alternativas, y de haberlas ninguna iba más acorde a las circunstancias. Pensó que era el lugar necesario. Llegó diez o cinco minutos después de la hora pactada. Ella también. Casi al mismo tiempo. Hacía un frío endemoniado: al verla bajar del carro, sostiene, le hubiera gustado prestarle un abrigo que llevaba de sobra en el coche, pero ni siquiera lo intentó. No recuerda haber conocido a una persona que le ofendiera tanto el frío, ni la estupidez fuera de lugar. Suponiendo, claro, que ser un estúpido oportuno es, hasta cierto punto, gracioso.

Hablaron de muchas cosas: de un gato desaparecido, de los padres y sus manías, de las vacaciones, del futuro, de ciertas canciones. Él, un farsante con buenos gustos pero poco dinero (así se define), pidió whisqui en las rocas. Ella, una chica sencilla y luminosa (así la define), eligió cerveza oscura, como casi siempre. La familia y las fiestas decembrinas, chistes muy malos y derrapes de la memoria fueron los lugares por los que anduvo la plática. Luego ella preguntó por el motivo de aquella reunión. Él respondió con una frase célebre, canónica, ridícula, de antología: aclarar la situación. Ahí empezó todo.

Quiso escribir esta historia, pero creyó que ofrecía muy poco. Dos individuos charlan en un bar; terminan una relación sentimental por una acumulación de razones inobjetables. La historia no tenía más detalles, salvo impresiones. Creía que adornar la atmosfera, suponer los pensamientos, exponer y/o exhibir las emociones era faltar demasiado a la acción. Porque ahí, a pesar de todo, había una acción: ella lo estaba dejando y era un hecho importante, que lo removía, que lo volcaba sobre sí mismo. ¿Pero qué iba a hacer con eso? ¿Por qué había tantos peros en la escritura?

Entonces creyó entender la vanidad del escritor: el artificio. Sí, había una acción determinante, la que se acaba de contar líneas arriba ¿era necesario atar los cabos, enlistar los hechos pasados para entender la naturaleza de su reacción? ¿A fin de cuentas, qué le ofrecería al lector? Lo tenía muy claro: un manojo de amargura, una situación hilarante resultado de la denigración personal, una escena cotidiana, verdadera si se pretende así (atendiendo a la verdad como un punto de vista) y, en el mejor de los casos, un contra ejemplo. ¿Pero, otra vez los peros, dónde descansaba el arte? ¿En las palabras, en la fábula, en la carga emotiva, en la multiplicidad de significaciones? No iba a escribirlo; él no.

Mi chica me dejó definitivamente hace un par de semanas. Ayer, después de un par de semanas, hablamos durante cuatro horas, sentados en la sala de una casa que han acondicionado para atender a personas que desean beber mientras comen algo, y viceversa. Un lugar muy aburrido, atiborrado de cuadros viejos, de arte pop y camisas enmarcadas que detentaban la firma de un cantante local famoso que había alcanzado el éxito después de un reality show poco agraciado. Estaba viendo una película (Adios a las Vegas, por si precisan detalles. No lo tomé como una premonición) cuando me escribió un mensaje de texto diciendo que estaba libre, que si sugería algo. Y por alguna extraña razón, yo mencioné un sitió X. Dijo que a las ocho ahí nos veíamos. Llegué tarde, fiel a mi costumbre. Ella también llegó tarde, fiel a la misma costumbre. Por lo menos llegamos al mismo tiempo. La vi bajar de su auto y sentí ganas de abrazarla y cogerla por el brazo. No era una buena idea después de tanta distancia. Todo se había enfriado y preferí no exponerme al rechazo. O más bien no quise hacerla pensar que yo pensaba en mi fuero interno que todo seguía igual, que se trataba de un disgusto mayúsculo que tendría solución esa noche. La hubiera ofendido mi inocencia.

Pedí el wisqui más barato, con el propósito de incendiar los pensamientos más rápido. Ella prefirió cerveza. En la televisión pasaban videos de Martha Sánchez y ambos reconocimos que nos parecía lindísima: una sirena, incluso. Charlamos un poco de Vilma Palma y otros cantantes ochenteros que compartíamos (opinando que la simpatía por ellos la despertaba, en gran medida, la austeridad de sus producciones. Lo que podía interpretarse como un gesto de mal gusto, era para nosotros un derroche de méritos). Había momentos en los que estábamos muy serios: yo revolvía el hielo de mi trago y ella miraba la televisión y se mordía los labios. No me miraba. Me preguntó por mí, que si había estado bien: inquieto, expectante, ansioso, triste, ebrio, insomne, fueron algunas de las palabras que usé para terminar diciendo que, a pesar de todo eso, había estado bien pero que la extrañaba a rabiar. Y sonrió con la mitad de la boca, aunque no estoy seguro si esa sonrisa era timidez o una mordaz llamada de atención a mi imprudencia.

Ya no me siento atraída por ti, dijo. En otro tiempo hubiera creído que una frase así no significa mucho, pero lo dijo de tal forma que no había vuelta de hoja. Era importante. No te habías dado cuenta, preguntó. Y dije que no, por patético. Según yo estaba muy enojada conmigo por una serie de actos que revelaban aspectos de mi personalidad incompatibles con la suya. Pero ella lo entendía de otra forma: haber descubierto que yo era un ególatra con tendencia y/o adicción al drama, además de un tipo hipersensible, echaron por la borda todo lo demás. Además era mentiroso, histriónico y un embaucador. Y ya no le gustaba, aunque podíamos seguir siendo amigos. Y ahora quien se reía con la mitad de la boca era yo, decepcionado y confundido. Ser amigos, después de todo, me resultaba un agravio, un salvajismo de europeos. Un vituperio sacado de algunas películas gringas, de muchas canciones baratas. De ciertas telenovelas. No dije nada. Antes de subirse a su coche me dijo que era una nena y se rió. Entonces supe todo lo que me la había amado y todo lo que me despreciaba ahora. Y sonreí con amargura porque, a pesar de todo, me había espantado los fantasmas y quería pedirle matrimonio, algún día. Pensé en una película de un célebre cineasta italiano. En una escena donde el protagonista, el epitome del ingenio, arroja un zapato al trolebús donde partía su ex esposa, o la que parecía ser la madre de sus hijos. Desde la parte trasera la mujer le giñaba un ojo y le decía adiós rebosante de felicidad. Debí sentir lo mismo que aquel tipo: el abandono astronómico. Lanzar un zapato contra su coche no venía al caso. Aunque si hubiera estado ella en la parte trasera del mismo, moviendo la mano con un gesto similar, quizá me hubiera asaltado la tentación.

Nos fuimos al mismo tiempo, después de que me empeñé en pagar la cuenta. Ella, supuse, se fue a su casa. Yo, como el tipo indecente que soy, me fui a refugiar a las cantinas, a hablar conmigo mismo, a pensar en los detalles. Estaba confundido, me sentía erosionado. La mujer de la cual estaba enamorado me había mandado al demonio de tal forma que ni siquiera tuve la oportunidad de refutarlo. Ni siquiera pude responder al reto que me lanzó: quería un argumento que la hiciera pensar lo contrario. ¿Ya no le gustaba, no había dicho eso? ¿Un argumento, en caso de que hubiera uno, la habría devuelto a mis brazos? ¿Entonces no era tan cierto que ya no le gustaba? ¿O es que dejé de gustarle en ese momento, cuando quedé pequeñito, en silencio, tratando de salvar con mi vergüenza, la dignidad? Fue ahí cuando dejé de gustarle definitivamente, estoy seguro.

Seguro ensarté más preguntas en mi cabeza, sin alcanzar a responder alguna. Esa noche, lo que quedó de la noche, acaricié la pantorrilla de una mujer a la que a pagué por su compañía. Sobra decir que me sentí ridículo, pero igual lo hice. Horas después le pagué para que durmiera conmigo, en el entendido de que tendríamos sexo. Me quedé dormido apenas entré a mi cuarto. ¿En qué piensa un tipo que le paga a una mujer para acostarse con ella y al final se queda dormido? ¿Por qué acudir a otra mujer cuando ya te ha dejado una? Son los avatares de la condición humana. Y me sentí satisfecho con mi respuesta.

Una mujer puede llamarse Fabiola, Claudia y María en una sola noche y al mismo tiempo. Puede decirle a un tipo que por las mañanas estudia en una universidad católica y por las noches se acuesta con tipos desagradables para comprarle un regalo de navidad a su niña de cinco años. Según su madre, la chica trabaja en un casino sonriendo toda la noche a los desvelados clientes que van en busca de una esperanza. Entre la poca iluminación de aquel cuarto, me aferraba al rostro de aquella chica (y también al ímpetu de querer contar esta historia) que sostenía mi miembro con las dos manos aunque no fuera necesario. ¿La reconocería si alguna vez la mirara en la calle, de la mano de una hija que yo creó, en verdad, que existe y que se llama Penélope? Tal vez reconocería su voz, las inflexiones de su voz: sus dientes chuecos, ciertos lunares de la espalda y su dificultad para pronunciar la erre. Su olor, creo, solo es parte de su trabajo.

Penélope, dijo, se llamaba su hija. Su padre, bien. Gracias. Tenía cinco años y quería un juguete carísimo. Reconoció que robaba a los clientes. En mi caso, dijo, había reportado un servicio de menor precio, pero el paquete iría completo, como lo había prometido al principio. La luz roja, tenue. La decoración oriental, el colchón ortopédico, el espejo en la cabecera, un cuarto pequeño. Un perchero (donde no colgué el sombrero ni el saco) y música de Alejandro Sanz. Seguro había más. Yo, desnudo en la cama, entregado a una erección trabajosa en manos de una mujer que decía mentiras. Se parecía a ella, recuerdo. Diez chicas nos recibieron en una pequeña sala y cada cual fue diciendo su nombre: Ingrid, Rosario, Devora… Fabiola: pechos pequeños, muslos tornados, cejas arqueadas, sonrisa tímida. Ni siquiera lo dudé. Me dijo que, porque le había caído bien y además había participado en su trampa, pasaría la noche en mi casa. Y así lo hizo. Pero me quedé dormido, terriblemente borracho. Por la mañana se despertó exaltada. Me dio un beso en beso en la mejilla y dijo que había sido un gusto. En el fondo deseo no volverla a ver nunca.

jueves, 24 de noviembre de 2011

GIlberto Owen: me muero de sin usted

¿Qué fantasma rondaba por la cabeza de Gilberto Owen? ¿Qué demonio tan maléfico se quedó a vivir en su cabeza y dio forma a su escritura? Yo no alcanzó ni siquiera a formular una hipótesis sustentable. En menos de un año Gilberto Owen sostuvo una apasionada y constante correspondencia con Clementina Otero que apareció compilada en 1982. Al parecer Owen no conservó las misivas, en cambió Clementina las mantuvo guardadas durante más de 50 años, custodiadas por el ardor de su marido amorosamente celoso. Clementina, dicen, estaba enamorada del poeta pero no del hombre. Y de alguna manera había generado cierta dependencia hacia las cartas del mismo. ¿Será que sospechaba del valor literario de las mismas o que las mantuvo ahí, ocultas, por el mero placer de saber que alguien la amaba con desenfreno? No lo sé. ¿O será que Owen, el poeta que cometió el placentero error de enamorarse de su musa, creo una entelequia llamada Clementina Otero por el simple y productivo vicio de torturarse? Tanta amargura, pues, es sospechosa.

Gilberto Owen hace constantemente alusión a la imposibilidad de una relación amorosa entre él y Clementina. Sin embargo espera que algún día, de alguna forma, ella sucumba ante sus palabras amorosas, sus palabras de angustia y melancolía. Sus palabras de odio. Estas cartas, bitácoras sentimentales del viaje por el espinoso sendero del amor, son el profundo lamento de no poder poseer a la persona amada (lo cual también recuerda al motivo de aquel texto intitulado Novela como nube) y es, también, ese sentimiento de despojo el detonante de la escritura. Me muero de sin usted, son las cartas de la amargura del poeta que no merece amar a Clementina, que no concibe la manera de amarla más. Ante dicho estado emocional, ni el odio es capaz de neutralizar el sentimiento.

Escritas en las convenciones tradicionales del código epistolar, estas cartas revisitan el tópico del amor imposible bajo la rúbrica del poeta desgraciado y romántico, en aparente desventaja por su situación de enamorado incondicional e innoble. Clementina: fría, indiferente, inhumana, maniquea, alevosa y astuta. Mordaz e inasible. Owen: atormentado, enfermizo, psicópata y enamorado eterno. Forman ambos una pareja amorosa imposible, explosiva y literariamente atractiva. La femme fatale versus el poeta que hace de sus ruinas, su grandeza.

¿Será lícito cuestionar la relevancia de este libro? Tampoco lo sé. Actualmente son muy pocos los que cuestionan el legado artístico de Gilberto Owen. Incluso hay quien le atribuye, tanto a él como a su grupo, el mérito de intentar, por lo menos, renovar las formas de la escritura en México. Para decir esto apelan a textos donde se manifiesta una revolucionaria concepción de la obra de arte (ideas importadas, quizá, o continuación de las nociones que sobre el arte tenía el modernismo hispanoamericano). Cabe apuntar que en este libro pueden observarse algunas correspondencias con su producción artística. Por ejemplo: la plasticidad del lenguaje (en ocasiones cercano al mundo de lo onírico y al arte pictórico), el trabajo con los referentes de la mitología clásica y, aunque de forma no tan evidente, la idea de crear el arte con valor en sí mismo.

PD: Escríbeme o me mato.

lunes, 10 de octubre de 2011

contra el facebook 2

Desde que abandoné el facebook sinceramente soy más feliz siempre desde que tengo uso de una razón desequilibrada he sido un exhibicionista mayúsculo quizá por eso elegí una carrera cuyo campo de acción más ponderado es la docencia pero no quiero hablar de mis tragos amargos en el salón de clase donde ahora aunque sea momentáneamente tengo el ejercicio del poder y reprimo a cualquiera que esté interesado en sacar una nota aprobatoria dios sabe que soy un tirano por eso no me ha dado más poder estoy triste por facebook cuando lo concurría con deliberada enfermedad me pasaba las horas viendo la vida de las personas una vida falsa desde luego donde muchos solo muestran las fotos que les conviene o manifiestan sus pensamientos más impúdicos no sé con qué fin.

A mí me gustaba perder el tiempo diciendo que era infeliz y frustrado además me disgustaba con la gente que decía estar contenta y plena y después era desgraciada qué asco qué ruina más asco aún los likes o los piropos y todas las pendejadas perdón por esa última palabra que ahí circulan el caso es que el primer día que lo cerré leí un libro completo y a partir de ahí he leído una infinidad más me he despojado de la angustia de saber si alguien comentó mi estado o si le dieron un like a mis fotos del extranjero o del hecho de saber si es que le resulto interesante alguna virtualidad de las que ahí aparecen y soy igualmente infeliz sin saberlo que sabiéndolo pero al menos ya no me saturan mi triste bandeja de entrada que ahora solo recibe correos aerolíneas y tarjetas de crédito pienso después de todo que al menos esos correos si me ofrecen algo aunque no pueda tenerlo.

Debo decir que no me interesa decirle al mundo lo que me está pasando corrijo no por medios tan vulgares el blog sigue siendo mi espacio favorito el alimento a mi desnutrido pero latente ego es mi alto valle metafísico mi bosque de coníferas dicho todo lo dicho diré que odio al facebook y por extensión a todo aquel que lo use y por tanto ya no soy amigo de nadie mis amigos esos que son de verdad me los encuentro en la calle o les hablo por teléfono o les escribo mail solteronas mujeres vanidosas y divorciadas machos cabríos y seductores tristes individuos que ahora tienen novia gente que anda al asecho de algo artistas frustrados gente apocalíptica intelectuales aficionados al aforismo de cadenas chafas homosexuales y heterosexuales normativos críticos sin criterio (como yo) apologistas del fracaso y una numerosa fauna y flora componen ese mosaico gris y triste que es el facebook son más divertidos en la calle amén.

domingo, 21 de agosto de 2011

Formas de volver a casa y formas de escribir en mi blog lo que me venga en gana

El tabaquismo es, más que un problema de salud, un defecto del carácter dice Juan Villoro y yo creo que es verdad. Pienso en esto con un cigarrillo pegado en la boca, después de haber hecho unas cinco o seis llamadas al celular de mis cuates para invitarles un trago. Todos declinaron y es hora que me pregunto si es por mí (es decir, por mi afición a contar las mismas historias de toda la vida o porque simplemente no tuvieron ganas). Contrario a lo que puedan pensar, no me lo tomé nada mal. Compré una botella de ron, por aquello de la nostalgia de recordar todo el ron que me bebí en Argentina pensando que estaba en España, y me lo estoy bebiendo lenta y compulsivamente. Empecé a revisar los exámenes de mis alumnos pero decidí dejarlo para otra ocasión. Consideré mejor idea volver al pensamiento, a los recuerdos y las canciones siempre tan miserables de Pablo Milanés. Temas que siempre, o casi siempre, versan sobre el despojo. Eso es lo que debo de estar experimentando: el despojo, la soledad y la frustración de no tener con quien ir al cine y regresar a casa a hacer el amor o algo que se le parezca.

Después de pensar en todo esto, y en lo que dejo de lado, creo que me estoy volviendo cada vez más ridículo y patético. A mis años, que quizá sean pocos en la inmensidad del tiempo, siento que me estoy volviendo viejo, o mejor dicho, tengo obligaciones de viejo o de adulto y aún reacciono como un adolecente ante muchas situaciones. Y qué pasa, pues, cuando uno piensa en esto que les digo: en mi caso no pasa nada. Sigo bebiendo el ron, escuchando las mismas canciones, organizando la vida, pensando en que será lunes muy pronto y debo ir a impartir una clase de literatura a un complejo grupo de estudiantes apáticos de una escuela privada que han cursado la misma materia tres veces. Aunque la pase mal con ellos, me repito todos los días que debo hacerlo con gusto, que debo asumir el reto y hacerlo de la mejor manera.

Me gustaría pensar en menos cosas: dejar a un lado el tema de que el hombre (yo, el hombre) está la mayor parte del tiempo solo. ¿Será que cuando uno lo empieza a asimilar el problema (con la reflexión que implica resolver un problema) la soledad deja de ser una carga y se convierte en un ornamento? Aunque me convence más la idea de pensar que esto de las soledades concurridas (fin de cita, Benedetti) es otro más de los artificios de ciertos individuos (como yo) que no tienen muchas cosas y objetos (que no es lo mismo), que tienen la suerte de conocer a personas valiosas pero que no están conformes. Me gustaría decir que no sé lo que me falta pero, para mi desconsuelo, mis pesares han dejado de ser, desde hace dos o tres siglo, del orden metafísico. Y entonces voy a decirlo con todas sus letras y con la no poca vergüenza de dar la noticia…

Alejandro Zamba, un novelista y poeta (como si no le fuera suficiente con lo primero), me contó la historia de una novela que se llama Formas de volver a casa. Quedé sorprendido con su sencillez engañosa, con su incertidumbre demoledora pero, sobre todas las cosas, me ha conmovido la sutileza de su trampa. La novela es la trampa que uno lee y escribe. La novela, quiero decir, como el ejercicio de la nostalgia, el antiquísimo artificio de la nostalgia que invadió, también, al propio Borges. Zambra dice que la hubiera gustado más leer la novela que está escribiendo que tener que ser él mismo quien la escriba. Pero la historia es suya y ésta solo puede encontrar su resolución mediante la nostalgia (artificiosa o no).

Después de terminar la novela, me pregunto si es, quizá, ese estilo personalísimo e intimo de esta novela uno de los rasgos más distintivos de la narrativa contemporánea, si los escritores jóvenes que están publicando en los últimos años han vuelto al romanticismo (afortunado), al Yo soy la medida de todas las cosas, Yo y mis circunstancias. Yo soy la novela, Yo y lo que yo quiera recordar.

viernes, 5 de agosto de 2011

Frente a la cajetilla de cigarros y con el encendedor, aquel que me regalaste, en la mano izquierda, una tarde en la que me preguntaste por mí, dejé de fumar definitivamente. No por salud, sino por hastío. Te resultarán curiosos mis motivos, pero ese día sin calar aquel cigarrillo amargo, lo dejé para siempre. Desde entonces siento que tengo las manos impregnadas de nicotina y de un olor indescriptible que me remonta a todo tu cuerpo. Una vez, en una conferencia a la que fuimos juntos, un escritor curioso que se había dado a la exhaustiva tarea de indagar en la neurología para escribir un libro sobre la memoria, lanzó una pregunta al aire: ¿cuál de nuestros sentidos tenía una conexión más inmediata con nuestros recuerdos? Hubiera sostenido, casi sin dudarlo, que la vista. Pero me convenció con otra idea. Era el olfato, según él, el detonante de la nostalgia. Habló de su infancia en un pueblo del sur del estado y de los trajines que lo llevaron a la escritura, un poco sobre Rulfo y de su corta estancia en la Universidad de Sonora. Luego volvió al punto de partida: el recuerdo de un recuerdo desatado por un olor tan poco conocido en estos lugares. El olor a tierra mojada, la columna vertebral, el hilo invisible que unió el pensamiento de otra época de su vida. Y pensé, entonces, en toda la razón que inundaba aquellas reflexiones. Sin embargo, pienso ahora ¿es posible que yo conserve algún olor tuyo si hace tanto que no te veo? Es decir, ¿es probable que ese olor sea también parte de mi memoria o que la memoria de esta casa albergue aún tu fragancia? Yo no sé. Existen casos de personas que sienten dolor en las extremidades que ya no tienen y la sensación es verdadera. ¿Por qué no habría de dolerme a mí un olor que ni siquiera puedo comparar con algo? Recuerdas aquello que reza: ¿uno es la consciencia de sí? Uno es sus recuerdos y la memoria. Para mí, desde ese día, uno también es sus olores atendiendo a que no logro distinguir si éstos están en la memoria o en las entrañas de las cosas.

jueves, 28 de julio de 2011

Cómo pasa la vida, suelen decir los viejos o los que sienten que no han logrado sus metas. Es cuando empieza la retrospectiva y uno mira y piensa que hace mucho tiempo fue feliz porque, además de que tenía todas las extremidades, eran menos las cosas que nos interesaban. Yo recuerdo, por ejemplo, que podía pasar un fin de semana encerrado en mi casa leyendo algún libro y luego tratando de escribir. Esperaba la llamada de alguien, quien fuera, para salir de casa a beber alguna cerveza. Y era feliz, de esa felicidad placentera que uno encuentra en las minucias del mundo. Escuchaba alguna canción, fumaba y después regresaba a casa borracho. Al día siguiente hacía mi vida normal: iba a clases, ponía atención, platicaba con los amigos y reía con todo el cuerpo. Cuando terminaron las clases, empecé a juntarme con menos personas: descubrí el cine, la soledad de las barras de los bares y a un mí mismo que había estado oculto durante mucho tiempo. Debo decir que salió, ese mí mismo, en el peor momento de mi existencia. ¿No lo habré sacado yo, intencionalmente, al pensar que mi vida era aburrida? No lo sé.

Quise en algún tiempo ser rebelde: estar en contra de todo, opinar en contra de todo y sostener que el mundo, con sus dinámicas políticas-económicas-sociales, era una mierda. Incluyéndome a mí como componente insignificante de la gran mierda del mundo. Pero el entusiasmo me duró muy poco y tuve que pasar, apelando a lo que más me convenía, al lado opuesto. En esa época de mi vida tuve una novia, muchos amigos y casi me hago de un perro.

¿Qué es de mí ahora, me pregunto? ¿Qué será de mí mañana? ¿Qué ha sido de mí todo este tiempo? Me imagino que debo de estar medio mal le cabeza al preguntarme tantas cosas. He vuelto a vivir solo, he terminado las clases, conozco a muchas personas pero frecuento a muy pocas, leo mucho menos que antes, tengo hambre y sueño y el próximo mes empezaré a dar clases en una preparatoria privada. Lo más desgraciado de todo es que, en este espinoso camino, he ido dejando muchas personas importantes para mí y reconozco que no ha valido la pena. Al final del día, de este día, estoy tumbado en mi cama viendo rodar las aspas del abanico y pensando seriamente en lo qué haré mañana cuando vea a mi psicóloga. En qué momento tendré que decirle que mi vida empezó a molestarme, cuándo la nostalgia por un pasado remoto (inventado, por supuesto) en el que creo haber sido feliz invadió este presente descompuesto por mí mismo. Espero no tener que explicárselo.